La despedida de Franklin Guerrero no solo estuvo marcada por el dolor de su familia, de sus colegas y de quienes lo conocieron a través de su trabajo. También dejó una certeza: el periodismo dominicano pierde a uno de esos hombres que entendieron que una cámara no sirve solo para captar imágenes, sino para contar verdades, denunciar injusticias y retratar la condición humana con sensibilidad. Franklin no se conformó con mirar; eligió comprometerse con lo que veía.
Las palabras de sus hijas recordaron algo que a veces se olvida cuando se habla de figuras públicas: detrás del profesional admirado había un padre presente, un hombre de principios, de fe, de amor por los suyos y de vocación de servicio. Esa dimensión íntima engrandece aún más su legado. Porque no se trata solo del fotógrafo que dejó huellas en el periodismo gráfico y en la televisión; se trata también del ser humano que supo estar, acompañar y cuidar.
La partida de Franklin Guerrero deja un vacío, pero también una enseñanza. En tiempos de inmediatez, estridencia y superficialidad, su trayectoria recuerda que el buen periodismo necesita sensibilidad, compromiso y respeto por la gente. Su obra queda como testimonio de una vida útil, bien vivida y profundamente honesta. Y eso, al final, también es una forma de permanecer.
