En política se puede discrepar, criticar y defender posiciones con firmeza. Lo que no se puede es convertir el debate público en una descarga de insultos. Las declaraciones de Gustavo Sánchez contra antiguos compañeros del PLD cruzan una línea que ningún dirigente responsable debería normalizar. La política necesita carácter, sí, pero también respeto.
El país está cansado de una clase política que muchas veces confunde vehemencia con agresividad. Cuando un legislador, un vocero o cualquier figura pública utiliza expresiones ofensivas para referirse a otros, no solo degrada a sus adversarios: degrada también el espacio donde se supone que deben discutirse las ideas.
El PLD, como cualquier partido que aspire a recomponerse y volver a conectar con la sociedad, necesita elevar su discurso, no hundirlo en viejas heridas internas. Porque los insultos pueden encender aplausos momentáneos, pero rara vez construyen futuro. Y si algo necesita hoy la política dominicana es menos rabia y más responsabilidad.
