En la celebración de los 250 años de la independencia de Estados Unidos, la embajadora estadounidense en República Dominicana recordó una verdad que suele ponerse a prueba en tiempos de polarización: la libertad de expresión existe, precisamente, para proteger las ideas que incomodan. No llamó la atención únicamente por defender ese principio, sino por hacerlo recurriendo al caso del presidente Donald Trump, a quien presentó como ejemplo de los intentos por silenciar una voz política. El momento y el escenario convierten esas palabras en un mensaje que trasciende el protocolo diplomático.
La libertad de expresión pierde sentido cuando solo ampara aquello con lo que estamos de acuerdo. Su verdadero valor aparece cuando protege opiniones que generan rechazo, críticas al poder o posiciones que dividen a la sociedad. Ninguna democracia se fortalece censurando, cancelando o intentando sacar del debate público a quien piensa diferente. Las ideas se enfrentan con argumentos, no con silencios impuestos.
República Dominicana también debe asumir esa reflexión. La democracia se debilita cada vez que una opinión pretende ser desacreditada antes de ser escuchada o cuando el miedo sustituye al debate. Defender la libertad de expresión no significa renunciar al derecho de disentir; significa comprender que una sociedad abierta necesita escuchar incluso aquello que preferiría no oír. Porque cuando una voz es silenciada por resultar incómoda, ninguna otra puede sentirse completamente segura.
