Aidita Selman tiene todo el derecho del mundo a cobrar lo que se le debe. Nadie trabaja para perder, nadie monta un espectáculo para después quedarse con una deuda arriba, y mucho menos cuando hay gente del equipo esperando su pago. En eso hay que darle la razón.
Ahora bien, tener razón en el fondo no significa escoger bien el momento ni el escenario. Y ahí fue donde falló. La noche de los Premios Soberano era para celebrar un reconocimiento importante y para dejar que el premio hablara por el trabajo de todo un año. Convertir ese momento en una ventana para ventilar una deuda le quitó brillo al logro y desvió la mirada hacia un conflicto que debió manejarse por otra vía.
En el mundo del arte y del entretenimiento hay códigos, y uno de ellos es saber separar el aplauso del reclamo. Porque cuando se mezclan, el mensaje se ensucia. Lo que pudo ser una noche redonda terminó con un sabor amargo, no por el reclamo en sí, sino por el lugar escogido para hacerlo. Una cosa es exigir lo justo y otra muy distinta es romper el momento con una factura en la mano.
