La derrota de Adriano Espaillat en Nueva York no debe leerse solo como el final de una larga etapa política. En esa boleta perdió también una idea vieja del poder: la creencia de que bastaba con que los principales partidos dominicanos bajaran una línea, hicieran activismo y llamaran a votar para que la diáspora respondiera como antes.
Debajo de ese resultado hay una generación que no se siente representada por los símbolos tradicionales, que mira la política desde otras prioridades y que no necesariamente obedece a los partidos de aquí ni a los liderazgos de allá.
La lección es dura, pero necesaria. La dominicanidad en el exterior ya no puede ser tratada como una extensión electoral de la República Dominicana. Es una comunidad con vida propia, con nuevas causas, nuevos códigos y sus propias rebeldías. Espaillat perdió una elección; los partidos dominicanos perdieron la ilusión de que todavía mandan sobre un voto que hace tiempo comenzó a pensar por cuenta propia.
