La victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia obliga a mirar más allá de la vieja disputa entre derecha e izquierda. Las sociedades tienen derecho a cambiar de rumbo cuando sienten agotamiento, miedo o decepción. Pero también tienen el deber de preguntarse qué tipo de liderazgo están colocando al frente del Estado, porque en política no solo gobiernan los programas: también gobiernan los estilos.
Los liderazgos estridentes, desafiantes y promesa de orden suelen conectar con pueblos cansados de la inseguridad y la ineficacia. Ganan. El problema aparece cuando esa energía electoral se convierte en método permanente de gobierno, cuando el adversario pasa a ser enemigo y cuando la autoridad sustituye al diálogo como lenguaje del poder.
Colombia necesita seguridad, estabilidad y respuestas; no necesita profundizar sus heridas. Quien llega al poder en un país dividido debe entender que gobernar no es prolongar la campaña desde el palacio. La firmeza puede ser una virtud pública; la arrogancia, en cambio, termina siendo una amenaza para todos, incluso para quienes celebran la victoria.
