Guido Gómez Mazara no presentó únicamente un libro sobre la decadencia del Partido Revolucionario Dominicano. Frente al presidente Luis Abinader y a buena parte de la dirigencia oficialista, colocó un espejo ante el Partido Revolucionario Moderno. El mensaje resulta difícil de ignorar: haber heredado las mejores tradiciones del viejo partido no garantiza estar a salvo de sus peores errores.
El PRD no desapareció por falta de historia, militancia o respaldo popular. Se debilitó por sus divisiones, por la sustitución de las reglas institucionales por voluntades personales y por una cultura política que terminó considerando al compañero interno como un enemigo más peligroso que el adversario electoral. El poder, lejos de corregir esas deformaciones, suele agravarlas cuando genera arrogancia, exclusión y la falsa certeza de que las victorias serán permanentes.
El PRM haría bien en leer esta obra como una advertencia y no como una ceremonia nostálgica. Los partidos sobreviven cuando permiten la crítica, respetan sus normas y comprenden que ninguna figura está por encima de la organización. La historia no se repite de manera idéntica, pero suele castigar con admirable puntualidad a quienes se niegan a aprender de ella.
