Lo ocurrido con Deivy Abreu Quezada no fue un accidente, fue una ejecución colectiva. Un grupo de hombres decidió que tenía el derecho de perseguir, acorralar y matar a otro ser humano en pleno parqueo del Palacio de Justicia de Santiago.
Lo que ocurrió en Santiago es una barbarie. Y si el Estado no responde con firmeza, con consecuencias rápidas, el mensaje será, que cualquiera puede convertirse en juez y verdugo sin pagar el precio.
Cada vez que justificamos la violencia, cada vez que celebramos el desorden o miramos hacia otro lado, estamos abonando el terreno para que esto vuelva a pasar. Hoy fue un chofer. Mañana puede ser cualquiera.
Este caso tiene que marcar un antes y un después. No basta con arrestos ni comunicados. Hace falta una señal contundente de que la vida se respeta y que la justicia no es negociable.
Porque si permitimos que esto se convierta en rutina, entonces el problema ya no será la violencia… seremos nosotros.
