Inicio DialogandoEncuestas y rabia silenciosa: ¿Hacia un cambio radical en 2028, o el ciclo eterno de la decepción?

Encuestas y rabia silenciosa: ¿Hacia un cambio radical en 2028, o el ciclo eterno de la decepción?

por Luis Alberto Peláez
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Luis Alberto Peláez

Las encuestas revelan una profunda crisis de representación y credibilidad política en la República Dominicana. Con casi la mitad del electorado sin identificación partidaria y una corrupción percibida como generalizada, el 2028 se perfila como una prueba decisiva para romper el ciclo del desencanto y recuperar la confianza del pueblo.

La República Dominicana parece atrapada en un ciclo donde todo cambia para que nada cambie. Las encuestas recientes lo dicen sin rodeos: un 48% de los dominicanos no simpatiza con ningún partido, y un 95% percibe que la corrupción lo ha contaminado todo. Detrás de esos números hay algo más que estadísticas: hay cansancio, desconfianza y una rabia que crece en silencio.

La política dominicana atraviesa una crisis de confianza, pero el pueblo, cansado del engaño, podría estar preparando su propio renacer.

La gente siente que vota para castigar, no para creer. Los mismos rostros, los mismos discursos y los mismos resultados han convertido la política en un espejo roto donde ya nadie se reconoce. Los partidos, en vez de reconectar con la gente, parecen vivir en otra realidad, atrapados entre sus pugnas, intereses y campañas de imagen.

Esa gran masa de ciudadanos sin afinidad partidaria es una señal peligrosa. No solo refleja apatía; es un grito sin voz. Es la manera en que el pueblo dice: “ninguno me representa”. Es una desconfianza que no se cura con promesas, sino con hechos concretos, con honestidad y con políticas que mejoren la vida de la gente común.

Recuperar la confianza de esos dominicanos desconectados de la política requiere algo más que propaganda o promesas de campaña. Hace falta humildad, nuevos liderazgos y una conexión directa con las necesidades reales del pueblo. Hay que salir de los salones con aire acondicionado y volver a los barrios, a las comunidades, a los espacios donde se siente la frustración cotidiana. La estrategia debe centrarse en escuchar, no en imponer; en educar políticamente, no en manipular; en construir confianza a través de la coherencia, la transparencia y la cercanía. Si los partidos no logran entender eso, la desafección seguirá siendo el voto del desencanto, o peor aún, el silencio que decide las elecciones.

La corrupción ya no escandaliza a nadie; se volvió parte del paisaje. La gente lo dice sin miedo: “aquí el que llega al poder, se busca lo suyo”. Y esa frase, tan repetida en las calles, encierra la tragedia de un país que ha empezado a ver la deshonestidad como algo normal. Cuando eso pasa, no solo se corrompen las instituciones, también se pudre la esperanza. Lo que antes era un problema político o económico, hoy es una herida moral que atraviesa toda la sociedad.

El Partido Revolucionario Moderno (PRM) llegó al poder en 2020 con un discurso que se presentaba como la gran promesa de renovación nacional. Sin embargo, detrás de aquel lema del “cambio” no había un verdadero programa de gobierno, ni una visión estructurada de país. Fue una campaña construida sobre el cansancio del pueblo, sobre la decepción acumulada hacia los anteriores gobiernos. La gente votó más por hartazgo que por esperanza, y el resultado fue un gobierno sin rumbo claro, sin agenda social definida y sin compromisos reales con los sectores más vulnerables. Cinco años después, el llamado “cambio” se siente más como una consigna vacía que como una transformación palpable.

Hoy, siendo honestos, el escenario político tiene un dato que nadie puede ignorar: la Fuerza del Pueblo, con liderazgos como Leonel Fernández o incluso una proyección emergente como Omar Fernández, encabeza buena parte de las mediciones de cara al 2028. Eso no es percepción, es realidad política. Es la consecuencia directa del desgaste del oficialismo y de una ciudadanía que está buscando otra opción. Al día de hoy, ese posicionamiento la coloca como la principal fuerza para ganar las próximas elecciones.

En medio de este panorama, el país podría estar a las puertas de una nueva figura política: un liderazgo joven, distinto, con la capacidad de conectar con los segmentos más desencantados de la población. No se trata solo de juventud biológica, sino de mentalidad, de autenticidad, de alguien que hable el mismo lenguaje de la gente común y no el discurso vacío de los partidos tradicionales. Un candidato joven, con sensibilidad social y visión moderna del Estado, podría encender una chispa en ese sector mayoritario que hoy se siente huérfano de representación. Pero para lograrlo, tendría que romper con la cultura del clientelismo y la política de promesas incumplidas, asumiendo la honestidad y la coherencia como bandera. Si ese perfil emerge con fuerza, podría redefinir el tablero político y devolverle al país algo que hace tiempo perdió: la ilusión de creer.

En cada elección escuchamos la palabra “cambio”, pero el país sigue igual. La ilusión del 2020 se desvaneció rápido, y hoy la sensación es de decepción. La gente no quiere un cambio de caras, quiere un cambio de rumbo. Si el 2028 se presenta como otra temporada del mismo guion, el descontento podría convertirse en abstención… o en algo más impredecible.

El desafío del próximo proceso electoral será si la rabia silenciosa puede convertirse en un movimiento ciudadano consciente, estructurado, ético y con liderazgo. No basta con el enojo. Un cambio radical no surge solo del rechazo; necesita visión, coherencia, y una generación dispuesta a reconstruir desde abajo el sentido de lo público.

La verdadera pregunta es si esa inconformidad se transformará en una fuerza organizada capaz de romper el molde. Porque no basta con estar indignado: hace falta visión, coherencia y coraje para construir una alternativa distinta. De lo contrario, el país seguirá atrapado entre la esperanza que no llega y la decepción que no se va.

El 2028 no será una elección más. Será una prueba de madurez política. O los dominicanos transforman su descontento en acción, o seguirán votando entre la costumbre y el desencanto. Y cuando un pueblo deja de creer, los resultados ya no los decide la política: los dicta la calle.

Este pueblo ha pasado hambre, apagones y promesas rotas, pero nunca ha perdido la fe. Puede tardar, pero despierta. Y cuando despierta, se sacude de encima a los que se olvidan de él. Tal vez el 2028 sea ese momento. Porque al final, el cambio no lo harán los de arriba, lo hará la gente sencilla que, cansada de esperar, decide tomar las riendas de su destino. Y cuando eso ocurra, la patria respirará aliviada. No porque cambió un gobierno, sino porque despertó su gente. Y ese será el verdadero triunfo: un pueblo consciente de su poder, dueño de su destino y decidido a escribir, con sus propias manos, la nueva página de su historia. El reloj del pueblo ya empezó a marcar su hora.

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