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Alarma que no escuchamos

por Redacción
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Periodista Glenn Davis Felipe Castro

El dato debería sacudirnos: cada Semana Santa, en República Dominicana, aparecen niños intoxicados por alcohol. No es un hecho aislado ni un accidente inevitable. Es una señal clara de que algo está fallando en lo más básico: la protección de nuestros menores. Cuando un niño llega a un hospital por ingerir alcohol, lo que está en juego no es solo su salud, sino el nivel de responsabilidad de toda una sociedad.

No se trata de cifras frías, aunque las cifras están ahí y se repiten con una constancia alarmante. Se trata de decisiones, de entornos y de permisividad. De adultos que normalizan el consumo frente a menores, de espacios donde el control se relaja y de una cultura que, en ciertos momentos, parece perder de vista sus propios límites. Semana Santa, que debería ser un tiempo de reflexión y recogimiento, termina convertida para muchos en un escenario de excesos sin consecuencias aparentes… hasta que las tiene.

La intoxicación de menores por alcohol no es solo un problema de salud pública. Es un síntoma social. Habla de supervisión débil, de falta de conciencia y de una peligrosa indiferencia ante los riesgos. Porque ningún niño se intoxica solo. Siempre hay un contexto que lo permite, una omisión que lo facilita o una irresponsabilidad que lo desencadena.

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