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El Deterioro del Debate Público

por Luis Alberto Peláez
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Luis Alberto Peláez

Hay algo que se está perdiendo en nuestro país y casi nadie parece darle la importancia que merece: la capacidad de debatir sin convertir al que piensa diferente en un enemigo.

No hace falta encender un televisor o abrir las plataformas digitales durante mucho tiempo para darse cuenta de que algo cambió. Basta escuchar un programa de radio, leer los comentarios de un periódico digital o entrar a una discusión política en Facebook para comprobarlo. Cada vez se debate menos y se pelea más.

Hoy cualquier discusión termina en insultos, etiquetas o descalificaciones. Ya no importa la calidad de los argumentos; basta con identificar de qué partido viene una opinión para decidir si se aplaude o se rechaza.

Ese no es un problema exclusivo de la política. Es un problema de la sociedad.

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Lo vemos cuando una conversación familiar termina en una discusión que deja heridas, cuando dos amigos dejan de hablarse por una diferencia de opinión o cuando alguien decide guardar silencio porque sabe que expresar una idea distinta puede convertirlo en blanco de insultos.

Pedro y Miguel son amigos desde hace más de veinte años. Pedro no pertenece a ningún partido, pero suele ser crítico con algunas decisiones del gobierno. Miguel es dirigente del partido oficialista. Durante años hablaron de política sin mayores problemas. Últimamente basta que Pedro cuestione una medida para que Miguel interprete la crítica como un ataque a su partido. Pedro, a su vez, ya espera que cualquier defensa del gobierno venga acompañada de una justificación partidaria. Lo que antes era una conversación entre dos amigos terminó convertido en una discusión entre dos posiciones.

Las plataformas digitales amplificaron un fenómeno que ya venía creciendo: hablar para quienes piensan igual y bloquear a quienes piensan distinto. Poco a poco dejamos de escuchar para entender y empezamos a escuchar únicamente para responder.

También ocurre en los grupos de WhatsApp, donde una diferencia de opinión basta muchas veces para desatar una cadena de ataques personales y descalificaciones.

Así, el debate dejó de ser un intercambio de ideas y pasó a convertirse en una competencia para ver quién humilla más al otro.

Lo preocupante es que este fenómeno no se limita a la política. Está presente en los medios de comunicación, en las universidades, en los hogares e incluso entre amigos. La confrontación ha ido desplazando el diálogo respetuoso.

Los programas de panel, que deberían enriquecer el debate público, con frecuencia terminan reproduciendo esa misma confrontación.

Si el debate pierde calidad, también la pierden las decisiones que se toman a partir de él. Una sociedad que deja de discutir con respeto comienza a resolver sus diferencias desde la emoción y no desde la razón. Los problemas se simplifican, las posiciones se radicalizan y encontrar puntos de encuentro se vuelve cada vez más difícil.

Al degradarse el debate, también se debilita la confianza en las instituciones. La consecuencia no es solo política; también afecta la convivencia entre los ciudadanos. Sin confianza es mucho más difícil construir acuerdos duraderos.

Si ese deterioro preocupa en la sociedad, debería preocupar aún más en la política, porque es ahí donde se toman las decisiones que afectan a todos.

La política debería ser el principal espacio para debatir ideas y construir acuerdos. Sin embargo, con frecuencia termina convirtiéndose en un escenario donde los ataques personales pesan más que los argumentos.

Dos dirigentes de partidos contrarios coinciden en un programa de televisión para discutir un problema nacional. Uno presenta una propuesta. El otro, en vez de explicar por qué está en desacuerdo, responde recordándole los errores cometidos por su partido cuando estuvo en el gobierno. El primero devuelve el ataque. Cinco minutos después, el problema que fueron invitados a discutir desapareció de la conversación.

Con frecuencia se confunde firmeza con agresividad. Se cree que reconocer un acierto del adversario es una muestra de debilidad y que admitir un error propio equivale a una derrota. Esa lógica solo alimenta la polarización y empobrece la vida democrática.

Ningún país construye instituciones sólidas sobre la base del insulto permanente.

Las democracias más fuertes no son aquellas donde todos piensan igual, sino aquellas donde las diferencias pueden discutirse con respeto. El desacuerdo es parte natural de una democracia; lo peligroso comienza al desaparecer la voluntad de escuchar.

Pensar diferente nunca ha sido el problema. El problema es que estamos perdiendo la capacidad de sentarnos frente al que piensa distinto, escucharlo y responderle sin convertir la conversación en una pelea.

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