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“Democracia interna: deuda pendiente”

por José Alberto Blanco
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José Alberto Blanco

En la República Dominicana, la política partidista parece atrapada en un juego repetido: las cúpulas se reparten el poder, mientras las bases esperan un turno que nunca llega.

Los dirigentes justifican esta concentración como una forma de proteger la estabilidad institucional, pero la ciudadanía percibe otra cosa: un blindaje de intereses personales y de grupo.

Ese divorcio entre discurso y práctica ha generado una consecuencia visible: la desmotivación ciudadana para participar en política.

La gente se siente utilizada en campañas, convocada para llenar plazas y buscar votos, pero excluida de las decisiones que afectan su vida cotidiana.

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Las promesas incumplidas, el clientelismo y la corrupción refuerzan la idea de que la política es un negocio de élites, no un espacio de servicio público.

El resultado es una democracia debilitada. La apatía electoral crece, la confianza en las instituciones se erosiona y los movimientos sociales —ambientales, feministas, comunitarios— se convierten en refugio de quienes buscan incidir de verdad.

La pregunta es inevitable: ¿se protege a los partidos o se protegen los intereses de quienes los dirigen?

La respuesta, aunque incómoda, parece inclinarse hacia lo segundo. Y mientras esa lógica prevalezca, la política partidista seguirá perdiendo legitimidad frente a la sociedad.

El desafío está en abrir las puertas: democracia interna real, transparencia en la distribución de recursos, educación cívica y puentes con los movimientos sociales.

Solo así las bases dejarán de ser “masa electoral” y podrán convertirse en actores decisivos de la política nacional.

La democracia dominicana no se fortalece blindando intereses, sino devolviendo protagonismo a la ciudadanía.

Ese es el reto que los partidos deben asumir si quieren recuperar confianza y motivación social.

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