Sacerdotes, campesinos y comunitarios salieron este domingo a defender algo más grande que una montaña: salieron a defender el agua, la vida y el derecho de las futuras generaciones a recibir un país que todavía respire. Cuando tanta gente se une por una misma causa, el Estado tiene la obligación de escuchar antes de que sea demasiado tarde.
La cordillera Septentrional no puede seguir viéndose como un terreno disponible para cualquier interés económico. Ahí nacen fuentes acuíferas, ahí viven comunidades, ahí está una parte sensible del equilibrio natural del país. Y en una nación que ya conoce demasiado bien los costos de la depredación, insistir en proyectos mineros sin generar confianza, sin claridad y sin garantía ambiental, solo profundiza el conflicto y aumenta el miedo de la gente.
Este no es un debate entre desarrollo y atraso. Ese es el truco de siempre. El verdadero debate es qué tipo de desarrollo queremos. Porque si para crecer hay que poner en riesgo el agua, entonces no estamos hablando de progreso: estamos hablando de una factura demasiado cara. Y hay territorios que no deben tocarse. La cordillera Septentrional es uno de ellos.
