Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos con suficiente honestidad: ¿qué tipo de sociedad construimos cuando el esfuerzo vale menos que las relaciones personales?
En teoría, todos defendemos el mérito. Aplaudimos al estudiante que se prepara, al profesional que se capacita y al emprendedor que arriesga su patrimonio para salir adelante. Sin embargo, en la práctica, todavía persiste una cultura donde muchas puertas no se abren por capacidad, sino por cercanía.
El problema no es la amistad. Toda sociedad necesita confianza, cooperación y redes de apoyo. Lo preocupante es convertir esas relaciones en el principal criterio para asignar oportunidades, ocupar cargos o adjudicar contratos.
Ahí es donde el amiguismo deja de ser una simple preferencia personal para convertirse en un obstáculo para el desarrollo.
Cada vez que alguien mejor preparado queda fuera porque otro tenía mejores conexiones, no solo se comete una injusticia individual. También se debilita la institución que deja de incorporar al más competente, se desperdicia talento y la sociedad termina enviando el mensaje equivocado: prepararse no siempre basta.
Ese mensaje tiene consecuencias profundas.
Hace unos días, un amigo me contó que fue a una institución del Estado a realizar unos trámites. Mientras caminaba por uno de los pasillos se encontró con un antiguo compañero de universidad. Conversaron unos minutos y, para su sorpresa, descubrió que aquel compañero, que todavía no había terminado la carrera, dirigía un departamento técnico de la institución. Le preguntó cómo había llegado a esa posición. La respuesta fue sencilla: “El ministro es amigo mío. Trabajamos juntos para que nuestro partido ganara y cuando llegó aquí me nombró”.
Muchos jóvenes llegan a convencerse de que estudiar, especializarse o esforzarse sirve de poco si al final las decisiones dependen de quién conoce a quién. Esa percepción desmotiva, alimenta el conformismo y, en muchos casos, empuja a buscar oportunidades fuera del país.
No es casual que tantas personas talentosas lleguen a la conclusión de que su futuro está en otro lugar. Cuando sienten que el mérito pesa menos que las influencias, dejan de competir y comienzan a buscar escenarios donde las reglas sean más claras.
El daño tampoco se limita al sector público. En las empresas privadas, las organizaciones sociales e incluso en espacios comunitarios, favorecer a los cercanos por encima de quienes están mejor preparados termina debilitando los resultados. Ninguna institución alcanza su máximo potencial si premia la lealtad personal por encima de la competencia profesional.
Defender el mérito no significa construir una sociedad fría ni deshumanizada. Significa garantizar que las oportunidades estén abiertas para todos y que las decisiones importantes se tomen con reglas claras y por capacidad, no por cercanía.
Las relaciones personales pueden abrir una puerta. Lo que no deberían decidir es quién obtiene el cargo.
Los países que progresan de manera sostenida entienden que el talento es un recurso demasiado valioso para desperdiciarlo. Por eso fortalecen concursos, reglas claras, evaluaciones objetivas y procesos donde la capacidad tenga más peso que la cercanía.
En nuestro país todavía queda camino por recorrer. Romper con la cultura del amiguismo no depende únicamente de una ley. También exige un cambio de mentalidad. Significa dejar de ver como normal aquello que durante demasiado tiempo hemos aceptado sin cuestionarlo.
No habrá instituciones fuertes mientras las oportunidades sigan dependiendo de las relaciones personales. El mérito no puede ser la excepción; debe convertirse en la regla.
