Las imágenes que vimos este fin de semana durante la reunión del Comité Nacional del PRM dejaron varias lecturas. Algunos se concentraron en el aparente disgusto de Hipólito Mejía. Otros en los gritos de «el próximo» que acompañaron la llegada de David Collado. Pero yo quiero detenerme en algo distinto.
David debe tener cuidado con los aplausos.
Porque las encuestas ya hicieron el trabajo más difícil. Lo posicionaron. Lo convirtieron en una figura competitiva. Lo colocaron en el centro de la conversación política nacional. A estas alturas, David Collado tiene mucho más que perder con la arrogancia que ganar con la euforia.
Y aquí es donde aparece un espejo que debería observar con atención: Abel Martínez. Hubo un momento en que nadie recibía más aplausos que Abel dentro del PLD. Había ovaciones en cada actividad, seguidores encargados de hacer sentir que era inevitable, una sensación de fuerza permanente. Pero la política tiene una regla cruel: los aplausos inducidos suelen durar menos que los liderazgos auténticos.
El problema no es que la gente te aplauda. El problema es cuando comienzas a gobernar tu conducta en función de esos aplausos. Cuando dejas de escuchar las críticas. Cuando empiezas a creer que la popularidad es un patrimonio eterno.
David Collado está a tiempo de evitar esa trampa. Porque los liderazgos que se construyen desde la humildad suelen sobrevivir a las encuestas. Los que se construyen desde la vanidad, generalmente terminan siendo víctimas de ellas.
Hay un dicho por ahí que dice: nunca des consejos a quien no te los ha pedido. Pero hoy cometeré esa osadía para decirle a David Collado, con respeto: evite convertirse en el Abel Martínez del PRM. Porque en política, los aplausos pueden elevar, pero también pueden cegar. Y cuando un liderazgo empieza a confundirse con la euforia que lo rodea, casi siempre termina pagando un precio muy caro.
