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¿Es suficiente el éxito mediático para gobernar un país?

por Amílcar Carrasco
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Amílcar Carrasco

El anuncio de las aspiraciones presidenciales de Santiago Matías ha reabierto un debate que trasciende su figura y que resulta cada vez más relevante en las democracias contemporáneas: ¿puede el éxito alcanzado en el mundo de la comunicación y el entretenimiento convertirse, por sí solo, en una credencial suficiente para dirigir un Estado?

La respuesta no puede reducirse a simpatías o antipatías personales. La Constitución reconoce el derecho de todo ciudadano que cumpla con los requisitos legales a aspirar a la Presidencia de la República. Ese derecho es incuestionable y constituye una de las mayores expresiones de la democracia. Sin embargo, una cosa es tener el derecho a aspirar y otra muy distinta es poseer las competencias necesarias para gobernar una nación.

Vivimos en una era en la que la influencia digital se ha convertido en una poderosa fuente de legitimidad social. Millones de seguidores, una enorme capacidad para marcar la agenda pública y una presencia constante en los medios pueden crear la percepción de que quien domina la conversación nacional también está preparado para conducir el destino del país. Pero ambas realidades responden a lógicas completamente diferentes.

Ser exitoso administrando una empresa de comunicación, desarrollando una marca personal o liderando una plataforma de contenido demuestra talento empresarial, creatividad, visión comercial y capacidad para conectar con un público. Son cualidades valiosas y dignas de reconocimiento. No obstante, gobernar un Estado implica enfrentar desafíos de una naturaleza completamente distinta.

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El presidente de una república no administra una empresa ni dirige una comunidad de seguidores. Tiene la responsabilidad de conducir instituciones, garantizar el equilibrio entre los poderes públicos, preservar la estabilidad económica, proteger la seguridad nacional, dirigir la política exterior, responder ante crisis sanitarias, desastres naturales y conflictos internacionales, además de tomar decisiones cuyos efectos alcanzan a millones de ciudadanos.

Precisamente ahí surge uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo: asumir que el éxito en un escenario garantiza automáticamente el éxito en cualquier otro. La fama suele generar una percepción de competencia generalizada. Cuanto mayor es el reconocimiento público de una persona, más fácil resulta creer que posee la capacidad para desempeñar cualquier función, aunque esta requiera conocimientos, experiencia y habilidades completamente diferentes.

Este fenómeno no es exclusivo de Santiago Matías. Se ha repetido en distintos países con empresarios, deportistas, artistas, comunicadores y figuras del entretenimiento que han decidido incursionar en la política. Algunos lograron adaptarse y construir liderazgos sólidos; otros descubrieron que el ejercicio del poder exige una preparación que no siempre acompaña a la popularidad.

El verdadero problema aparece cuando la discusión política comienza a medirse exclusivamente en términos de seguidores, tendencias y alcance mediático. En ese momento, el debate democrático corre el riesgo de sustituir las ideas por los algoritmos, los programas de gobierno por los niveles de audiencia y la experiencia por la notoriedad.

La Presidencia de la República no debería verse como el siguiente escalón lógico dentro de una carrera de éxito personal. No constituye un premio a la popularidad ni la culminación natural de una trayectoria empresarial o mediática. Es la posición de mayor responsabilidad dentro del Estado dominicano y exige una preparación proporcional a la magnitud de esa responsabilidad.

Por ello, las campañas electorales deberían girar alrededor de propuestas concretas, equipos técnicos competentes, conocimiento de la administración pública, capacidad de negociación, visión estratégica y compromiso con el fortalecimiento institucional. Los ciudadanos merecen evaluar proyectos de nación, no únicamente figuras públicas.

Si Santiago Matías decide recorrer el camino de la política, como cualquier otro aspirante, será el pueblo dominicano quien tenga la última palabra en las urnas. Ese es el principio esencial de toda democracia. Pero la ciudadanía también tiene el deber de ejercer un voto responsable, distinguiendo entre la capacidad para captar la atención pública y la capacidad para conducir los destinos de la República Dominicana.

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