Ayer se conmemoró en la República Dominicana el Día del Servidor Público. Una fecha que suele llenarse de discursos bonitos, pero que debería servir, sobre todo, para una reflexión honesta. Porque servir al Estado es una responsabilidad que pone a prueba el carácter, la ética y la templanza, especialmente cuando se es joven y se llega rápido a posiciones de poder.
Los hechos recientes que han rodeado la salida de jóvenes funcionarios de cargos relevantes, como el caso de Rafael Féliz García, obligan a una revisión seria y sin pasiones. No para acusar ni condenar, esa tarea corresponde exclusivamente a las autoridades y a la justicia, sino para asumir que el solo hecho de abandonar una función pública en medio de cuestionamientos ya constituye una mala señal. Y lo es, sobre todo, para las generaciones que aún creen que la política puede ser un camino de servicio, no solo de poder.
El mensaje debe ser claro para los jóvenes que hoy militan en los partidos políticos, aspiran o participan en la vida pública: no bastan los títulos, los discursos bien ensayados ni los currículos llamativos. La capacidad no se pregona, se demuestra. Se demuestra en el manejo responsable de los recursos públicos, en el respeto a los equipos de trabajo, en la prudencia frente al poder y en la conciencia de que todo cargo es pasajero, pero la reputación es permanente.
Independientemente de cómo concluyan los procesos o aclaraciones pendientes, el caso de Rafael Féliz García deja una lección que no debe ignorarse. La política necesita jóvenes, sí. Pero necesita, sobre todo, jóvenes que entiendan que la misma se ejerce, día a día, con decencia, sobriedad y ejemplo.
