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Rendición de cuentas sin rumbo

Un discurso largo e inconsistente.

por José Alberto Blanco
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El presidente Luis Abinader presentó su rendición de cuentas con un discurso largo e inconsistente, con un tono extenso y repetitivo, más cercano a la justificación que a la transparencia. La falta de coherencia en los argumentos refleja la desesperación de un gobierno que intenta maquillar sus fracasos con cifras y promesas incumplidas.

La ciudadanía percibe un gobierno incompetente y corrupto, que no logra responder a las necesidades básicas, mientras los escándalos de corrupción erosionan la confianza en las instituciones. La retórica oficial insiste en hablar de inversión pública, pero confunde gasto en obras visibles con políticas de verdadero impacto social.

Las obras ejecutadas por el Estado —carreteras, escuelas, hospitales, parques— son proyectos de infraestructura financiados con recursos públicos. Representan la materialización física de decisiones de política pública y requieren procesos de planificación, construcción, rehabilitación o mantenimiento. Su impacto es inmediato y visible en la comunidad, pues mejoran el acceso, la movilidad y los servicios básicos.

La inversión pública, en cambio, es un concepto más amplio: se refiere al uso estratégico de recursos gubernamentales (impuestos, préstamos, financiamiento externo) para aumentar la capacidad productiva del país y mejorar infraestructura o servicios a largo plazo. No se limita a la obra en sí, sino que abarca la visión de desarrollo que la sustenta, el retorno económico y social esperado, y la sostenibilidad de los proyectos.

Diferencia clave

  • Obras → ejecución concreta, visible y localizada.
  • Inversión pública → estrategia macroeconómica y social que busca transformar capacidades y generar bienestar duradero.
    Confundir obras con inversión pública es reducir la política de desarrollo a un catálogo de inauguraciones. La verdadera rendición de cuentas exige demostrar cómo esas obras se integran en una estrategia de inversión que eleve la productividad, reduzca desigualdades y garantice bienestar sostenible para la ciudadanía.

Por eso, ante el número de obras ofrecidas por el presidente, la respuesta del pueblo no se hizo esperar: ¿dónde están esas obras? Porque hasta la entrega de un equipo en el laboratorio de un hospital, la pintura de un local o el bacheo —en ocasiones muy mal ejecutado— se consideran como si fueran obras de gran impacto.

El crecimiento económico apenas alcanzó un 2%, muy por debajo del promedio histórico de más del 5% que caracterizó décadas anteriores. Este retroceso se traduce en altos precios de la comida, pérdida de poder adquisitivo y un aumento de la desigualdad.

La violencia y la criminalidad se han convertido en protagonistas de la vida cotidiana. Mientras el gobierno presume estadísticas, la realidad en las calles contradice cualquier discurso triunfalista.

La rendición de cuentas de Abinader no fue un ejercicio de transparencia, sino un intento desesperado de disfrazar la ineficiencia y la corrupción con cifras huecas. Un gobierno que confunde propaganda con resultados y obras con bienestar, termina rindiendo cuentas no ante el Congreso, sino ante la frustración de su pueblo.

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