En la República Dominicana, hablar de partidos políticos es, inevitablemente, hablar de una relación desgastada con la ciudadanía. La política sigue siendo importante. El problema es que muchos partidos ya no se parecen a la gente que dicen representar. Se han ido cerrando, más enfocados en cuidar su poder que en entender lo que está pasando en la calle.
El problema es más profundo de lo que muchos quieren admitir. El problema no es solo de resultados, es de lógica. La política partidaria en el país muchas veces funciona hacia adentro, no hacia afuera. Se piensa en cuotas, en equilibrios internos, en candidaturas, pero rara vez en cómo se traduce eso en soluciones concretas para la gente.
El partido se supone que es el canal entre la gente y el poder. Eso es lo que repiten siempre. Pero en la práctica, la mayoría siente otra cosa: que solo se acuerdan de la gente cuando hay elecciones. Después de ahí, el contacto se enfría… y desaparece. Y eso no es un detalle, es parte del problema.
Pero tampoco todo es culpa de los partidos. Aquí hay una realidad que incomoda: mucha gente critica el sistema, pero juega dentro de él. Se rechaza el clientelismo, pero se acepta cuando conviene. Se habla de institucionalidad, pero se termina apoyando al que resuelve. Esa contradicción existe, y mientras no se reconozca, no vamos a avanzar.
Hay algo que se está viendo claro: la desconexión con los jóvenes. Los partidos hablan de juventud, pero muchas veces no la escuchan. Meten jóvenes en la estructura, sí, pero para hacer lo mismo de siempre. Es el joven que pasa meses pegando afiches, llenando actividades, cargando sillas… y nunca lo sientan donde se decide. Eso no es renovación, es maquillaje. La consecuencia es evidente: una juventud que observa la política con distancia, con desconfianza o con simple indiferencia. Y eso, a mediano plazo, es letal para cualquier sistema democrático.
Muchos dirigentes insisten en que esto es un problema de comunicación. Eso se cae rápido. No es un tema de cómo se dice, es de qué se hace. La gente no está desconectada por falta de discurso, sino por exceso de promesas incumplidas. Creer lo contrario es no entender lo que la gente está sintiendo.
Pero hay algo más que casi no se dice: los partidos no están en crisis porque la ciudadanía cambió, sino porque no supieron evolucionar al mismo ritmo. La sociedad dominicana es hoy más informada, más crítica y menos paciente. Los partidos, en cambio, siguen reaccionando como si el país fuera el mismo de hace años. Esa brecha es la que explica gran parte del desencanto.
Ahí es donde está el punto clave. O los partidos políticos entienden que la ciudadanía no es un electorado temporal sino una interlocutora permanente, o seguirán perdiendo legitimidad, aunque ganen elecciones. Porque una cosa es obtener votos, y otra muy distinta es construir confianza.
Los partidos pueden seguir ganando elecciones. Pero si siguen perdiendo conexión con la gente, lo que están construyendo no es liderazgo… es un vacío que alguien más va a llenar, y esto sí es peligroso.
