Cada 8 de marzo, el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer. En República Dominicana, esta fecha no puede limitarse a flores y discursos protocolares: es un llamado a reconocer el papel histórico de la mujer y a confrontar las heridas abiertas que aún marcan nuestra sociedad.
La mujer dominicana ha sido columna vertebral de la educación, la economía familiar y el liderazgo comunitario. Desde el comercio informal hasta la gestión cultural, su aporte ha sostenido generaciones. Sin embargo, su presencia en los espacios de poder político y económico sigue siendo limitada, atrapada en estructuras que perpetúan desigualdad.
La llamada “revolución femenina” —el acceso al voto, la igualdad laboral, la participación política— no ha sido un camino sin costo. Cada conquista ha enfrentado resistencia y, en ese proceso, muchas mujeres han sido víctimas de violencia, exclusión y discriminación. La historia de la emancipación femenina en nuestro país está escrita con sangre y sacrificio.
Los feminicidios son la expresión más brutal de la desigualdad de género. Las cifras anuales estremecen: decenas de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, dejando familias desmembradas y comunidades marcadas por el miedo. La Ley 24-97 sobre violencia intrafamiliar existe, pero su aplicación es insuficiente frente a la magnitud del problema. La impunidad y la falta de políticas integrales convierten cada caso en un recordatorio de la deuda pendiente del Estado y la sociedad.
El Día Internacional de la Mujer debe ser un espacio de acción. No basta con discursos oficiales ni campañas pasajeras. Se requiere un compromiso real:
- Políticas públicas que protejan y empoderen a las mujeres.
- Educación que rompa patrones culturales de violencia y subordinación.
- Justicia que actúe con firmeza frente a los agresores.
La mujer dominicana no pide favores, exige derechos. La revolución femenina no puede seguir dejando víctimas en silencio. Cada feminicidio es una derrota colectiva, y cada avance debe ser celebrado como un triunfo de toda la nación. La deuda histórica con nuestras mujeres solo se saldará cuando la equidad deje de ser un discurso y se convierta en realidad palpable.
En nuestro pais, el debate sobre las políticas públicas en torno a la mujer se ha vuelto cada vez más complejo. El Día Internacional de la Mujer nos obliga a mirar más allá de los discursos y a cuestionar si las medidas adoptadas realmente generan justicia o si, por el contrario, alimentan nuevas tensiones sociales.
Las políticas públicas que se diseñan desde una visión parcial, que aparentan proteger a la mujer pero terminan aprobando leyes que discriminan al hombre, no solo agravan el problema: lo complican. La sobreprotección, lejos de ser un escudo, puede convertirse en excusa para abusos y en detonante de tragedias. Las estadísticas muestran que un sistema que legisla desde la desigualdad genera más resentimiento que soluciones.
Proteger a la mujer no significa excluir al hombre. Significa construir un marco de equidad social, donde ambos puedan ejercer sus derechos en condiciones de justicia y respeto. La verdadera revolución femenina no puede basarse en privilegios legales, sino en la creación de un entorno donde la igualdad sea tangible y sostenible.
El reto está en diseñar políticas que:
- Reconozcan la vulnerabilidad histórica de la mujer, pero sin caer en la tentación de la sobreprotección.
- Integren al hombre como parte de la solución, no como enemigo.
- Promuevan un ejercicio ciudadano basado en el respeto mutuo y la corresponsabilidad.
El nuevo Código Penal dominicano tipifica por primera vez el feminicidio como delito independiente y lo sanciona con penas de 30 a 40 años de prisión mayor, además de multas de entre 50 y 1,000 salarios mínimos del sector público. Sin embargo, no contempla la figura del “masculinicidio”, lo que ha generado debate sobre equidad en la legislación.
La lucha contra los feminicidios y la violencia de género exige un sistema que no provoque, sino que eduque, prevenga y sancione con justicia. La equidad es el único camino para evitar que la protección se convierta en privilegio y que la justicia se transforme en resentimiento. Proteger a la mujer es proteger a la sociedad entera, pero hacerlo desde la equidad es la única garantía de que esa protección no derive en nuevas tragedias.
Cuando logremos una sociedad donde predomine el respeto a la dignidad de mujeres y hombres, entonces sí podremos celebrar con alegría los aportes de las mujeres en el mundo. Esa será la verdadera victoria: una revolución femenina que no deje víctimas, sino que construya justicia y convivencia.
