El caso del coronel Fausto Madé Ramírez, un oficial, llamado a proteger, termina siendo protagonista de una agresión que ha indignado a la sociedad. Y eso no es un detalle menor. Es una señal.
Porque cuando quien tiene autoridad la usa mal, el daño es doble. No solo afecta a la víctima directa, sino que erosiona la confianza de la gente en las instituciones. Y esa confianza, cuando se pierde, cuesta mucho recuperarla.
No se trata de un caso aislado. Es el reflejo de una cultura que todavía no termina de entender que el poder no es para imponerse, sino para servir. Y ahí es donde fallamos como sistema.
Ahora bien, la respuesta de la justicia también envía un mensaje. La imposición de prisión preventiva indica que hay consecuencias. Pero el país necesita más que eso. Necesita coherencia. Necesita que estos hechos no se repitan.
