En la República Dominicana llevamos décadas discutiendo fórmulas para acelerar el desarrollo: inversión pública, crecimiento del turismo, expansión de zonas francas, estabilidad macroeconómica y ampliación de la cobertura educativa. Muchos de esos objetivos se han alcanzado parcialmente. Sin embargo, el salto cualitativo —el que transforma crecimiento en desarrollo— sigue pendiente.
Una de las razones es tan evidente que suele pasar desapercibida: la ausencia de un dominio funcional y masivo del idioma inglés.
Conviene decirlo con claridad, sin dramatismos, pero sin eufemismos: en el mundo contemporáneo, un médico, ingeniero, técnico o investigador que no puede leer, escribir y trabajar en inglés opera con una desventaja estructural. No se trata de talento ni de esfuerzo personal. Se trata de acceso. El conocimiento científico, tecnológico y productivo que define la competitividad global se produce mayoritariamente en inglés. Quien no domina ese idioma depende de traducciones tardías, intermediarios costosos o versiones incompletas del saber.
El inglés, por tanto, no es un lujo cultural ni una moda educativa. Es infraestructura invisible del desarrollo, tan decisiva como la electricidad, la conectividad o los puertos. Determina productividad, salarios, innovación y capacidad de insertarse en cadenas globales de valor.
Los países que lograron transformaciones profundas lo entendieron a tiempo. Taiwan, Corea del Sur y Singapur no se desarrollaron por adoptar valores ajenos, sino por tomar una decisión pragmática: trabajar en el idioma donde se crea el conocimiento. No esperaron a que generaciones adultas alcanzaran lentamente niveles avanzados. Importaron docentes, usaron esquemas de co-docencia, formaron cuadros nacionales mientras el sistema avanzaba y, sobre todo, entendieron que el tiempo perdido cuesta más que la inversión inicial. No todas las personas en estos países hablan inglés con fluidez, pero la mayoría de los jóvenes y profesionales sí lo hacen.
Existe además una realidad que debería ser obvia. La República Dominicana es una potencia turística del Caribe. El sector representa uno de los principales motores de empleo, divisas e inversión. Sin embargo, el dominio avanzado del inglés no es aún una competencia extendida en toda la cadena de valor.
En una economía con fuerte dependencia del turismo internacional, el inglés no es simplemente una ventaja competitiva: es una condición básica de eficiencia. Impacta la calidad del servicio, la gestión, la negociación, la captación de inversión y la posibilidad de escalar hacia segmentos de mayor valor agregado.
Un país que vive en gran medida del visitante extranjero no puede tratar el idioma del visitante como habilidad opcional.
Hay además una dimensión estructural que pocas veces incorporamos al debate sobre desarrollo: nuestra migración.
Más de un millón de dominicanos residen en los Estados Unidos, y miles más emigran cada año hacia Canadá y otros países de habla inglesa. La migración forma parte de nuestra arquitectura económica. Las remesas sostienen hogares, financian educación y dinamizan comunidades enteras.
Pero cuando un dominicano emigra sin dominio funcional del inglés, su techo profesional se reduce de inmediato. Incluso quienes son profesionales en el país —ingenieros, contadores, enfermeras, técnicos— suelen insertarse en ocupaciones por debajo de su nivel de preparación. No por falta de talento, sino por barrera lingüística.
La consecuencia es profunda. A nivel individual, se limita el ingreso y la movilidad social. A nivel nacional, exportamos capital humano que no puede desplegar plenamente su potencial. El idioma se convierte en una frontera invisible.
Si el sistema educativo garantizara un inglés funcional desde edades tempranas, cada dominicano que emigrara tendría mayor capacidad de certificar credenciales, competir en igualdad de condiciones, emprender y escalar profesionalmente. La diáspora no solo enviaría remesas; construiría redes empresariales más sólidas y generaría mayor influencia económica para el país.
El inglés, en este sentido, no solo impacta al que se queda. También transforma el destino del que se va.
Pero además persiste una realidad incómoda: hoy el acceso a un inglés de calidad está concentrado en quienes pueden pagarlo. Eso convierte el idioma en un filtro social silencioso que reproduce desigualdades.
Si el inglés es infraestructura, no puede ser privilegio. Debe ser política pública.
Aunque se han realizado importantes esfuerzos como los programas de inglés por inmersión, es necesario reconocer una verdad operativa: formar adultos hasta niveles altos de dominio funcional es difícil y estadísticamente poco eficiente. Apostar exclusivamente a esa vía implica aceptar la pérdida de otra generación.
Por eso, una política seria debe contemplar medidas audaces pero temporales, como la importación estratégica de docentes angloparlantes mediante acuerdos internacionales, combinada con co-docencia obligatoria y transferencia metodológica. No para sustituir al docente dominicano, sino para acelerar la creación de capacidad nacional.
Este enfoque no es improvisado. Es pragmático. Es lo que hicieron los países que hoy admiramos.
Seguir discutiendo desarrollo sin colocar el bilingüismo funcional en el centro del debate es insistir en soluciones parciales. Podemos mejorar infraestructura, atraer inversión y mantener estabilidad, pero sin dominio del idioma del conocimiento seguiremos creciendo sin despegar.
El desafío no es ideológico. Es estratégico.
Y exige una decisión de Estado.
Porque, al final, el desarrollo también tiene idioma.
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