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La esperanza de los desesperanzados: la crisis de confianza en la democracia dominicana

por José Noel Pérez
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José Noel Pérez, abogado

En los últimos años hemos observado cómo el sistema político partidario ha provocado una creciente desconfianza en el pueblo dominicano. Para una parte importante de la población se ha consolidado una percepción común: «Todos son iguales». Como consecuencia de ello, el desinterés ciudadano por la participación política ha ido en aumento.

Esta realidad quedó reflejada en los resultados de las elecciones del año 2024 en la República Dominicana, cuando la abstención electoral alcanzó el 45.63 % a nivel nacional, la cifra más alta de los últimos 62 años. En las elecciones de 2020, la abstención fue de 44.71 %, lo que evidencia una tendencia creciente en cada proceso electoral.

Frente a este panorama, la esperanza de muchos ciudadanos ha descansado en los partidos emergentes, que inicialmente proyectaron una alternativa para una nueva generación de dominicanos interesados en participar activamente en la vida política y aspirar a cargos de elección popular. Sin embargo, con el paso del tiempo, esas expectativas han demostrado ser, en muchos casos, insostenibles.

Muchos jóvenes talentosos volvieron a encontrar una oportunidad con la promulgación de la Ley Orgánica del Régimen Electoral núm. 20-23, cuyos artículos permitían las candidaturas independientes. No obstante, la alegría duró poco. Esas disposiciones fueron posteriormente derogadas tras la interposición de un recurso ante el Tribunal Constitucional, debido a irregularidades procesales en dicha ley, como consecuencia de dicha decisión, el Poder Ejecutivo emitió el Ley núm. 13-26, la cual derogo los artículos 156, 157 y 158 de la Ley num 20-23.

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En conclusión, cabe preguntarse: ¿la falta de interés de miles de dominicanos en la política responde al funcionamiento del sistema político, a la escasa formación cívica e ideológica de la ciudadanía o a la percepción de que la creación de nuevos partidos se ha convertido en el negocio de una nueva élite económica?

Más allá de las respuestas que cada ciudadano pueda ofrecer, existe una realidad que no admite discusión: una democracia pierde fortaleza cuando sus ciudadanos dejan de creer en ella. La abstención no solo representa la ausencia de votos; también simboliza la pérdida de confianza, de esperanza y del sentido de pertenencia hacia las instituciones llamadas a representar la voluntad popular.

La democracia no puede reducirse a la celebración periódica de elecciones. Su verdadera esencia radica en garantizar igualdad de oportunidades para participar, fortalecer la confianza ciudadana y asegurar que el derecho constitucional de elegir y ser elegido sea una realidad accesible para todos, y no un privilegio reservado para unos pocos.

Mientras no se construya un sistema político más abierto, transparente y capaz de recuperar la credibilidad de la población, continuará creciendo el número de ciudadanos que observan la política desde la distancia. Sin embargo, la esperanza no debe desaparecer. La historia demuestra que las democracias se fortalecen cuando la ciudadanía exige instituciones más justas, mayor participación y un compromiso auténtico con el interés colectivo. El desafío no consiste únicamente en cambiar a quienes gobiernan, sino también en transformar las reglas del juego para que ningún dominicano sienta que su voz carece de valor. Solo entonces la esperanza dejará de ser el refugio de los desesperanzados para convertirse en el fundamento de una democracia verdaderamente representativa.

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