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Cuando la belleza sale cara

por Milagros Méndez
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Periodista y locutora Milagros Méndez

En los últimos años, la búsqueda de la belleza “perfecta” ha dejado de ser un simple deseo para convertirse en una peligrosa obsesión. En la República Dominicana, esta realidad ha cobrado un precio alarmante: vidas humanas. Lo que debería ser una decisión informada sobre el cuidado personal se ha transformado, en muchos casos, en una ruleta rusa donde el resultado puede ser fatal.

Uno de los casos más recientes ha sido el de la muerte de la señora Ángela Geraldine Hernández, de solo 32 años, quien acudió a la clínica estética Diosa, ubicada en el sector Los Jardines Metropolitanos de Santiago, para un procedimiento estético (liposucción). Este centro ya había sido cerrado anteriormente de manera provisional durante 45 días tras una inspección de Salud Pública, que alegó inconsistencias en la distribución física del local en relación con los planos aprobados.

También es necesario destacar lo sucedido con la joven Anyeli Meliza Sánchez Castillo, de 27 años, quien perdió la vida mientas se sometía a una intervención estética en una clínica de la capital, el pasado 15 de abril. El médico responsable de llevar a cabo la cirugía es el Dr. José Desena Montero, quien ya había sido expulsado y suspendido hace varios años por la Sociedad Dominicana de Cirugía Plástica Reconstructiva (Sodocipre), tras la notificación de múltiples irregularidades detectadas cuando era evaluado por el Comité de Ética.

Los fallecimientos de Ángela y Anyeli vuelven a colocar en la vox populi este tipo de negligencias médicas, y nos hace cuestionar como colectivo, la mala praxis en profesionales de la salud, la falta de una supervisión más estricta y constante por parte de las autoridades competentes y la aplicación de consecuencias severas para aquellos médicos que se ven en la reincidencia de realizar procedimientos sin contar con la debida preparación y avales académicos.

Por otro lado, hoy en día, someterse a un procedimiento estético parece tan cotidiano como ir al salón de belleza. Las redes sociales, especialmente Instagram y TikTok, han contribuido a normalizar intervenciones que, en esencia, son procedimientos médicos invasivos. Promociones llamativas, resultados “milagrosos” y testimonios aparentemente perfectos crean una ilusión de seguridad que dista mucho de la realidad. Detrás de cada publicación cuidadosamente editada, rara vez se muestran los riesgos, las complicaciones o, peor aún, las tragedias.

El problema no radica únicamente en quienes buscan estos procedimientos, sino en un sistema que permite que muchos centros de medicina estética operen con controles insuficientes. ¿Quién supervisa realmente estos espacios? ¿Se garantiza que el personal esté debidamente capacitado? ¿Existen protocolos adecuados para enfrentar emergencias? Las respuestas, en muchos casos, son inciertas. Y esa incertidumbre es precisamente lo que convierte estos lugares en escenarios de riesgo.

A esto se suma un factor determinante: el costo. En un contexto económico donde no todos pueden acceder a clínicas reconocidas, proliferan opciones más económicas que prometen resultados similares. Sin embargo, lo barato puede salir demasiado caro. Materiales de dudosa procedencia, condiciones sanitarias deficientes y personal sin la preparación adecuada son una combinación que pone en juego lo más valioso: la vida.

Pero más allá de las cifras y los titulares, existen historias humanas que no deben ser ignoradas. Familias que pierden a un ser querido, sueños truncados y decisiones que, en cuestión de horas, cambian destinos para siempre. No se trata solo de estadísticas; se trata de personas que, en muchos casos, solo buscaban sentirse mejor consigo mismas.

También es necesario mirar hacia adentro como sociedad. ¿Qué tan responsables somos al promover estándares de belleza irreales? ¿Hasta qué punto hemos normalizado la idea de que el valor personal depende de la apariencia física? La presión social, amplificada por el mundo digital, empuja a muchos a tomar decisiones apresuradas, sin dimensionar las consecuencias.

“Cuando la belleza sale cara” no es solo un título, es una advertencia. Es el reflejo de un sistema que necesita regulación, de una sociedad que requiere mayor conciencia y de autoridades que deben asumir un rol más activo en la protección de la vida. No se trata de demonizar la medicina estética, sino de exigir que se practique con responsabilidad, ética y estrictos controles.

Porque al final, ninguna mejora estética debería costar una vida. Y entender esto, como sociedad, ya no es una opción: es una urgencia.

Esa es la lección que nos debe quedar.

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