La crisis que atraviesa Cuba ya no se mide solo en cifras económicas, apagones prolongados o escasez de combustibles. Se expresa, sobre todo, en el desgaste cotidiano de millones de personas que enfrentan dificultades para alimentarse, acceder a medicamentos o proyectar un futuro digno. Para la República Dominicana, esta realidad no es ajena ni distante. Es una situación vecina que interpela nuestra historia compartida y plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué responsabilidad debe asumir un país que hoy goza de estabilidad frente al colapso progresivo de uno de sus pueblos hermanos?
Esa pregunta no puede responderse desde la improvisación ni desde la emoción momentánea. Exige mirar la crisis cubana en toda su dimensión: como un fenómeno estructural, prolongado y con efectos que trascienden sus fronteras. Exige, también, revisar los vínculos históricos entre ambos pueblos y asumir que la estabilidad regional no es un privilegio aislado, sino una responsabilidad que se ejerce. Solo desde ese enfoque —pragmático, humano y estratégico— puede definirse el papel que hoy corresponde jugar ante esta situación.
Una crisis estructural con impacto regional
Reducir la crisis cubana a una discusión ideológica ha sido uno de los principales obstáculos para una respuesta efectiva. La realidad es mucho más compleja: deterioro del sistema energético, falta de divisas, envejecimiento poblacional, rigideces productivas, sanciones externas y errores internos confluyen en una tormenta perfecta que ha erosionado la vida cotidiana y la esperanza colectiva.
Las consecuencias ya se sienten más allá de la isla. Migración irregular, presión sobre los sistemas de acogida regionales, tensiones diplomáticas y riesgos de inestabilidad social forman parte de un cuadro que afecta directamente al Caribe. En ese contexto, la inacción no es neutral: también tiene costos.
Historia compartida, responsabilidad compartida
Dominicanos y cubanos han compartido más que proximidad geográfica. La historia del Caribe está marcada por intercambios culturales, exilios, solidaridad y cooperación en momentos difíciles. Cuba fue refugio para dominicanos en etapas de persecución política, y la República Dominicana ha sido hogar y punto de partida para miles de cubanos que han buscado aquí oportunidades y un nuevo comienzo.
Esa memoria común no puede ignorarse cuando uno de los dos pueblos atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente. La solidaridad, en este caso, no es un gesto simbólico: es coherencia histórica.
Solidaridad no es intervención
Ayudar a Cuba no significa intervenir en sus asuntos internos ni asumir posiciones ideológicas. Significa reconocer que el sufrimiento humano no puede ser rehén del debate político. Significa, también, actuar con inteligencia estratégica.
La República Dominicana cuenta hoy con credibilidad internacional, estabilidad macroeconómica relativa y experiencia en áreas clave como logística, salud, turismo médico y articulación regional. Esas capacidades pueden ponerse al servicio de iniciativas concretas: cooperación humanitaria canalizada, apoyo técnico en áreas críticas, participación activa en espacios de diálogo regional y articulación con organismos multilaterales.
Este enfoque —práctico, respetuoso y verificable— permite ayudar sin tutelar y cooperar sin imponer.
Liderazgo caribeño en tiempos difíciles
El Caribe necesita menos discursos y más acciones coordinadas. En momentos como este, el liderazgo no se ejerce desde la confrontación, sino desde la capacidad de tender puentes. La República Dominicana puede desempeñar un rol clave como facilitador regional, promoviendo soluciones que reduzcan tensiones futuras y contribuyan a la estabilidad colectiva.
Ayudar hoy a Cuba no es solo un acto de compasión; es una inversión en la seguridad regional, en la prevención de crisis migratorias mayores y en la preservación de la paz social en el Caribe.
La historia también juzga la omisión
En el futuro, cuando se analice este período, no solo se evaluará cómo Cuba enfrentó su crisis, sino qué hicieron —o dejaron de hacer— sus vecinos. La omisión también es una forma de decisión política.
Frente a esta realidad, la República Dominicana no está llamada a protagonismos ni a juicios ideológicos, pero sí a ejercer un liderazgo sereno, responsable y solidario. Ayudar hoy no es ingenuidad ni concesión política; es una decisión estratégica que reafirma nuestra vocación caribeña.
Porque en el Caribe, la indiferencia nunca ha sido una política sostenible. Y porque, más allá de ideologías, la verdadera fortaleza de una nación se mide por su capacidad de actuar con humanidad cuando el silencio resulta más cómodo.
