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Hay que seguir extirpándole los tumores a la democracia

por Jorge Moronta
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El cuerpo humano es una máquina casi perfecta. Nace, crece, se desarrolla, alcanza la
madurez y, con suerte, sobrevive varias décadas gracias a su extraordinaria capacidad
de autor regeneración. Su sistema inmunológico le permite repeler la mayoría de las
amenazas sin ayuda externa, siempre que no haya sido previamente debilitado.

Pero existe un enemigo particularmente peligroso: el que nace desde adentro. El
cáncer no es un agente externo, sino una mutación interna que utiliza los propios
recursos del cuerpo para destruirlo. Cuando esto ocurre, el organismo pierde su
capacidad de defensa, colapsa y la intervención externa deja de ser una opción para
convertirse en una necesidad vital.

La democracia funciona de manera muy similar. En condiciones normales, es el
sistema político más capaz de corregirse, renovarse y resistir agresiones internas y
externas. Elecciones libres, separación de poderes, prensa independiente y alternancia
en el poder actúan como sus anticuerpos naturales.

Sin embargo, cuando las instituciones son frágiles o inmaduras, desde el propio
sistema emergen tumores malignos que terminan por devorarlo. Mediante elecciones
manipuladas, tribunales sometidos y discursos populistas, estas mutaciones capturan
el Estado, anulan las defensas democráticas y se expanden por todo el aparato
institucional. Esos tumores tienen nombre: dictaduras.

En las últimas décadas, varios países de América Latina no han visto desaparecer sus
democracias por golpes militares clásicos, sino por procesos de degeneración interna.
Regímenes como los de Cuba, Venezuela y Nicaragua no son anomalías ni “modelos
alternativos”: son dictaduras consolidadas que destruyeron toda forma de control
democrático y eliminaron las libertades fundamentales.

En estos países no existen elecciones libres, no hay independencia de poderes, no hay
prensa autónoma y no hay posibilidad real de autodeterminación. Exigirle a pueblos
sometidos, empobrecidos y reprimidos que se liberen por sí solos equivale a pedirle a
un paciente en fase terminal que se opere a sí mismo.La autodeterminación de los pueblos solo es válida cuando existen condiciones mínimas de libertad. Bajo una dictadura, ese principio se transforma en una excusa
para la inacción internacional y, en muchos casos, en una forma de complicidad.

No hay autodeterminación cuando el voto es una farsa, cuando disentir conduce a la
cárcel, el exilio o la muerte civil y, no pocas veces, a la muerte física, ni cuando el
Estado controla cada esfera de la vida social. En esos escenarios, la soberanía popular
ha sido secuestrada por una élite que gobierna mediante el miedo y la fuerza.

En este contexto, la política asumida por el presidente Donald Trump frente a América
Latina rompió con décadas de ambigüedad diplomática. Su enfoque fue directo: llamar
dictadura a la dictadura, señalar a sus responsables y ejercer presión real sobre
regímenes que durante demasiado tiempo se beneficiaron del relativismo ideológico y
la retórica vacía.

Trump no actuó como un cirujano temeroso de provocar dolor, sino como quien
entiende que, frente a un tumor avanzado, la cirugía es traumática, pero imprescindible.
Sanciones, aislamiento político y confrontación abierta devolvieron al debate
internacional una verdad incómoda: la democracia no se defiende con declaraciones,
sino con decisiones.

El mayor error de América Latina ha sido tolerar dictaduras por afinidad ideológica. No
importa si se presentan como revoluciones, proyectos “antiimperialistas” o supuestas
democracias populares: ningún gobierno tiene derecho a secuestrar a su pueblo, cerrar
fronteras, destruir la economía, silenciar la prensa y perpetuarse en el poder. No
importa si son de derecha, izquierda o de centro, la libertad no es negociable. La
democracia no es relativa. Y los derechos humanos no dependen del color político del
opresor.

Nadie desea intervenciones externas, sanciones o confrontaciones internacionales.
Pero cuando el tumor ha eliminado todas las defensas y la metástasis amenaza con
extenderse por la región, no intervenir equivale a permitir la muerte del paciente.

Por eso, guste o no, hay que seguir extirpándole los tumores a la democracia en
América Latina y más allá. No por capricho ni por hegemonía, sino por una razón
elemental: sin democracia, no hay libertad, y sin libertad, no hay futuro posible para los
pueblos.


Email: jmoronta@hotmail.com
Instagram: jorgelmorontap

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