Entré al PLD cuando todavía era un partido que se construía desde la disciplina, el estudio y la convicción. Era 1995, y yo era un muchacho que se metía a reuniones de noche, a pegar afiches, a repartir periódicos Vanguardia del Pueblo y a contagiarse de una mística que en aquel momento parecía inagotable. Fui parte de la última camada que se formó bajo el sistema de círculos de estudio, aquella etapa donde para ser miembro del partido había que estudiar y aprobar una serie de cursos que no solo enseñaban teoría política, sino que formaban carácter, lealtad y sentido de misión. Mis inicios se dieron en la precampaña de Leonel Fernández a través del movimiento Jóvenes con Leonel, un espacio que enlazaban Pablo Polanco, Sandra Gómez, Daniel Corporan y Elpidio Montes de Oca, este último ya fallecido, en un momento en que no teníamos el poder, pero sí una fe radical en la posibilidad de transformar el país.
A veces uno no lo sabía, pero crecer políticamente en ese PLD era casi como entrar a una escuela informal de ciudadanía. Aprendí a escuchar, a organizar, a convencer, a trabajar sin esperar reconocimiento. Y aprendí, sobre todo, que la política era un oficio de vocación, no un atajo personal.
En 1999 decidí asumir un reto que marcó mi vida: la candidatura en la UASD por la VED, específicamente en el Centro Universitario Regional del Suroeste (CURSO). Eso no fue un simple capítulo universitario; fue una verdadera inmersión en la política real, donde uno aprende lo que pesa cada voto, cada estructura, cada conversación en los pasillos, cada madrugada buscando apoyo, cada compañero que cree en ti sin pedir nada a cambio. Ahí terminé de entender que la política se hace con gente, con trabajo y con presencia.
A lo largo de estos treinta años dentro del PLD, recorrí caminos que no siempre salen en los discursos, pero que son los que sostienen de verdad a un partido. Fui enlace en múltiples municipios del país, especialmente en las provincias Independencia y Pedernales. En Independencia trabajé como enlace municipal de campaña en Postrer Río, La Descubierta, Duvergé, Cristóbal y Mella entre 2008 y 2012, años de calor político, de carretera, de territorio y de reuniones que terminaban de madrugada. En 2016 me tocó ser enlace en el Municipio de Oviedo, Pedernales, durante la campaña de reelección de Danilo Medina. En el 2020 asumí la responsabilidad electoral de la campaña a senador de José del Castillo. Más adelante, en la precampaña del 2024, fui enlace de la candidatura de Abel Martínez en la provincia Independencia; y en la campaña general fui designado enlace institucional de su proyecto presidencial en la provincia Barahona. Fui también miembro del Comité Central, un espacio donde pude aportar en debates, decisiones y orientaciones estratégicas del partido. Al momento de mi renuncia, estaba fungiendo como enlace institucional en el municipio más grande del país, Santo Domingo Oeste, además de ser subsecretario de Dominicanos en el Exterior y encargado de la Comisión Universitaria. Siempre di el cien por ciento, sin pedir nada a cambio, solo con la convicción de que estaba aportando a mi partido y a mi país. Porque la política, cuando se hace con compromiso, no se improvisa: se trabaja.
Mi relación con el presidente Danilo Medina fue construyéndose con el tiempo, sin prisa y sin ruido, pero con respeto mutuo y conversaciones que iban mucho más allá de las coyunturas del momento. Curiosamente, esa relación se consolidó cuando el PLD perdió el poder en 2020. En la oposición, sin el peso del gobierno sobre los hombros, las conversaciones eran más francas, más serenas, más humanas. No eran reuniones para hablar de cargos ni de aspiraciones personales, sino para evaluar la realidad, entender el país y asumir responsabilidades. Y en ese terreno, el presidente Medina siempre fue directo, observador, exigente. Para las elecciones municipales de 2024 y las presidenciales de ese mismo año, establecimos una dinámica de reuniones cada quince días para evaluar los trabajos en la provincia de Barahona. Eran encuentros en los que no había espacio para adornos; se hablaba de cifras, de territorio, de organización, de avances y de fallas. Y siempre, al final, quedaba claro que la política se sostiene en el detalle: en la ruta, en el voto, en la estructura y en la gente. Esa relación, construida con trabajo y cercanía, es parte de lo que más valoro de mi camino político.
A lo largo de estas décadas, también construí amistades que van más allá de cualquier coyuntura. Agradezco profundamente el apoyo y la confianza de dirigentes que, más que compañeros, terminaron siendo parte de mi vida. Con Carlos Pared me une una relación sólida, madura y profundamente política en el mejor sentido de la palabra. Una relación construida en años de intercambio franco, de coincidencias y también de diferencias tratadas con respeto, donde siempre primó la seriedad, la lealtad y el sentido de responsabilidad. Carlos es de esos dirigentes que no necesitan discursos largos para hacerse entender, porque actúan con coherencia y sostienen la palabra incluso en los momentos difíciles. Nuestra relación se fortaleció en el trabajo constante, en la confianza mutua y en la claridad con la que siempre abordamos los desafíos del partido.
Con Alexis Lantigua compartí luchas y terreno; con Miriam Cabral aprendí de la disciplina y la firmeza; con Jhonny Pujols, Vladimir Bencosme y Edwin Ricardo, a quienes conocí en los afanes de la UASD, me une una amistad forjada en la militancia universitaria, en las discusiones largas y en las batallas que templaron carácter y convicciones. A Abel Martínez lo apoyé desde su precampaña en 2022, porque vi en él un liderazgo con carácter y visión. Con Francisco Javier García compartí un espacio de trabajo y amistad sincera y, en cuyo proyecto presidencial trabajaba al momento de mi renuncia. Con Diego Aquino compartí rutas, agendas y noches sin descanso, especialmente en la precampaña de Danilo Medina en 2011. Con Robert de la Cruz construí una amistad que nació en la precampaña del 2008, cuando trabajamos juntos en el movimiento PROVIDA (Proyecto Victoria con Danilo); una amistad hecha de trabajo, confianza y conversaciones claras donde uno podía hablar sin adornos.
En ese mismo camino quedan compañeros de luchas con los que compartí trincheras políticas, carretera, calor y madrugadas. Mi compadre Ilianov Méndez, que más que compañero fue familia, estuvo conmigo en jornadas duras donde solo la lealtad y la fe en lo que uno está construyendo te mantienen de pie. En Barahona dejo muchos amigos entrañables de mi otrora partido. Con hombres y mujeres como Manolín Echenique, Rudy Méndez (Ñiñín), Julissa Ubrí, una dirigente comprometida, trabajadora incansable y con una vocación de servicio que siempre se expresó en el terreno, con Robert Quezada, compartí trabajo real de territorio: planificación, estructura, movilización, discusiones fuertes, eventos complejos y triunfos que solo entienden quienes salen al sol a buscar cada voto casa por casa. Con Robert Quezada me une una amistad construida en la franqueza, en el respeto mutuo y en el trabajo político sin poses, una relación que se sostiene en la confianza real y en la palabra cumplida.
A mis ex compañeros y compañeras de lucha en la provincia de Barahona les guardo un agradecimiento profundo y sincero. Durante años compartimos trabajo silencioso, jornadas largas, momentos difíciles y compromisos que no siempre se ven, pero que sostienen la política real. Su respaldo, su lealtad y su disposición constante fueron parte fundamental de mi militancia y de mi crecimiento político. Más allá de cualquier coyuntura, me llevo el respeto y el afecto de quienes caminaron conmigo en el territorio, y eso tiene un valor que no se pierde con el tiempo.
Y así como ellos, también muchos compañeros y amigos a lo largo y ancho del país, a quienes agradezco por todo, pero sobre todo por soportarme durante todos estos años, porque la política se hace con gente de verdad, con afectos sinceros y con voluntades que se cruzan en las rutas del trabajo. Con ellos aprendí que la política no se hace en papeles ni en oficinas, sino en la calle, al lado de la gente, escuchando, resolviendo y manteniendo la palabra. Son amistades que no se borran, porque nacieron en el sacrificio, en el compromiso y en la convicción de luchar por lo que se cree.
Con el tiempo, como muchos peledeístas que crecimos en esa etapa, seguí apostando al proyecto, a su evolución, a sus mejores momentos y también a los más difíciles. Defendí al PLD en las buenas, cuando era fácil, y en las malas, cuando había que pararse firme aun cuando la corriente te empujaba en contra. Uno nunca abandona un proyecto político solo por un mal titular o por un ciclo adverso; lo abandona cuando ya no reconoce lo que un día lo enamoró.
Y ese momento, para mí, llegó lentamente, sin escándalo, sin resentimiento, casi como cuando uno se da cuenta de que ya no vive en la misma casa emocional donde creció. El PLD fue cambiando, y yo también. Las prioridades se transformaron. Las decisiones se tomaban desde lógicas que ya no representaban aquella escuela que me formó. La conexión con la base, con la militancia real, con el territorio, se fue debilitando. Andar sin esa raíz es andar sin alma.
El 11 de agosto de 2025 tomé una decisión que venía madurando desde hacía mucho tiempo: cerrar mi ciclo en el Partido de la Liberación Dominicana. No fue una ruptura impulsiva ni una reacción inmediata; fue un acto de honestidad política y personal. Y, para ser justo, tampoco fue una sorpresa. Era conocimiento de todos los altos dirigentes del partido, incluyendo al propio presidente Medina, que si José del Castillo renunciaba del PLD, yo lo acompañaría sin titubeos. Todos sabían de mi lealtad incondicional hacia José, de los años de trabajo hombro a hombro, de las batallas compartidas y del compromiso que siempre tuve con su persona. No era un secreto: yo no soy de los que se quedan mirando desde la acera cuando un compañero al que respeto decide dar un paso difícil. Mi salida fue simplemente la consecuencia natural de esa coherencia que he defendido toda mi vida. Uno no puede quedarse en un lugar solo por nostalgia, ni por miedo, ni por conveniencia. La coherencia no se negocia.
Me voy con gratitud por lo que viví, por lo que aprendí, por los compañeros que aún respeto profundamente. Me llevo mis años de militancia, mis campañas, mis derrotas, mis victorias, mis madrugadas, mis discusiones, mis sueños de juventud. Pero también me llevo la certeza de que la política dominicana necesita una renovación que no puede seguir esperando.
Mi salida no es un final; es un tránsito. Y como todo tránsito, abre espacio para lo que viene. Porque al final, la política no se abandona: se transforma. Y llega un punto en que uno tiene que ponerse del lado de su propia conciencia, no del lado de una sigla.
Hoy cierro esta etapa con la dignidad tranquila de quien sabe que no se traicionó.
Pero también con la claridad de que los ciclos se honran cuando uno los cierra a tiempo. El país está cambiando, la gente está cambiando y la política también debe cambiar. No me fui por cansancio ni cálculo; me fui porque creo en una forma de hacer política que no se negocia, porque todavía creo en la palabra, en la coherencia y en el compromiso con la gente de abajo.
Me llevo mi historia, pero no dejo atrás mis convicciones. Todo lo contrario: las afirmo. Y aunque termine mi ciclo en el PLD, no termina mi vocación de servir ni mi compromiso con mi país. Lo que viene ahora no es incertidumbre; es posibilidad. Y la voy a enfrentar con la misma determinación con la que empecé en 1995: de frente, con fe en mis principios y sin miedo a empezar de nuevo cuando la conciencia lo exige.
