Pocos días antes de morir, Ramón Alburquerque dejó escrito algo más que un artículo político. Dejó una advertencia. No dirigida a la oposición ni al país en abstracto, sino al partido que ayudó a construir, el cual hoy administra el poder del Estado.
Alburquerque, en su último artículo publicado en el periódico Hoy, titulado «El futuro del PRM en el poder». En él defendió la lucha contra la corrupción como una línea que no debe retroceder y llamó al PRM a preservar el sentido ético del poder, subrayando que, por primera vez, desde el poder se permitió que la justicia actuara sin frenos políticos.
El artículo también revela algo menos comentado, pero igual de importante: la responsabilidad del relevo. Alburquerque se asume como formador, como parte de una generación que preparó cuadros políticos bajo una idea clara del servicio público. Su preocupación no es solo quién gobierna hoy, sino si ese capital ético se preserva mañana o se diluye entre ambiciones, silencios y acomodos.
Leído hoy, tras su muerte, el texto adquiere otro peso. No suena a consigna ni a consuelo, sino a testamento político. El mensaje es sencillo y, por eso mismo, incómodo: el poder no se justifica por ganarlo, sino por cómo se ejerce y por si es capaz de resistir la tentación de parecerse a aquello que prometió cambiar. Esa reflexión, más que al país, interpela directamente a quienes hoy mandan.
