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Una hoja en el baño: más allá de lo evidente

por Jennyfer Simé Severino
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Jennyfer Simé Severino

A veces, la verdad no aparece en grandes documentos ni en discursos solemnes. A veces está escrita en una simple hoja, olvidada en el lugar menos pensado. Una hoja en el baño. Una lista. Nombres, marcas, cumplimientos y ausencias. Lo suficientemente clara para entender que ahí no había casualidades, sino un sistema.

Durante mucho tiempo, estas cosas funcionan. Nadie las cuestiona, nadie las denuncia, nadie las pone en duda. Son prácticas que “están bien” mientras se mantengan invisibles, mientras no incomoden, mientras no salgan de los espacios donde se pactan en voz baja. El problema nunca ha sido su existencia, sino el momento en que se descubren y dejan de ser un secreto compartido para convertirse en evidencia.

Y es justamente ahí donde la hoja deja de ser un simple descuido y se convierte en símbolo. Porque no habla solo de una lista, sino de una lógica instalada: una forma de hacer política donde lo voluntario se vuelve medible, donde el apoyo se registra y la lealtad se administra. No es una práctica desconocida; por el contrario, es algo que todos, de una forma u otra, sabemos que ocurre.

Ese mandato social empuja a un modelo donde el liderazgo se sostiene menos por las ideas y más por la capacidad de resolver. La gente ya no sigue proyectos; sigue a quien aparece cuando hace falta algo. Y así, el acto de dar deja de ser un gesto y se convierte en una condición de permanencia.

En este contexto, no tener no es una opción. Decidir ser político implica asumir que siempre hay que dar, siempre hay que ayudar y siempre hay que resolver. El imaginario colectivo ha construido la figura del político como alguien con una especie de varita mágica, capaz de solucionar desde lo estructural hasta lo más personal, aun cuando no le corresponda hacerlo.

Pero dar de forma permanente requiere recursos permanentes. Y cuando esos recursos no existen de manera clara, transparente o institucional, el sistema busca cómo sostenerse. Entonces, lo que debería ser voluntario empieza a organizarse, a contarse, a registrarse. Quién cumple y quién no. Quién aporta y quién queda fuera de la lista.

Cuando estas dinámicas se dan dentro de estructuras jerárquicas, el peso no está en la orden explícita, sino en la expectativa. Nadie obliga; se espera. Nadie amenaza; se anota. Y en contextos donde el empleo, la estabilidad o la cercanía al poder dependen de esa estructura, la libertad de elegir se vuelve frágil.

Hoy por hoy, la política se ha ido vaciando de ideales. Muchos nuevos políticos entran con nobleza, con vocación y con principios claros. Sin embargo, el mismo sistema se encarga de adiestrarlos rápidamente, de empujarlos a ponerse “al nivel”, bajo la advertencia silenciosa de que quien no se adapta, queda fuera. Adaptarse deja de ser una decisión ética y se convierte en una estrategia de supervivencia, porque el sistema, tarde o temprano, se come a quien no juega el juego.

Así se normaliza lo indebido. Mientras nadie lo vea, mientras nadie lo cuestione, mientras la hoja no aparezca donde no debía aparecer, todo sigue funcionando. Hasta que deja de hacerlo.

Porque el verdadero problema no es la hoja.
Es el sistema que la hizo necesaria.
Y la cultura que aprendió a convivir con ella.

La pregunta entonces no es cuándo se descubren estas prácticas, sino cuándo decidiremos volver al origen. Cuándo la política dejará de medirse por lo que se da y volverá a sostenerse en lo que se propone, se defiende y se transforma.

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